Pero... que sea lo que Dios quiera

25 de noviembre, 2011. Por: Óscar Alonso González Ibáñez

Durango, Méx.- Les mando un saludo afectuoso a todos los que visitan el Sitio Web Oficial del Seminario de Durango.

En esta ocasión les hablaré un poco de lo que ha sido mi llamado a la vida sacerdotal. Comenzaré contándoles un poco de mi infancia: en mi hogar soy el menor de tres hermanos, mis padres son de gran apego a la religión, en especial mi papá, que ningún domingo nos privaba de la Celebración Eucarística, nos decía “¡Si quieren pasearse, alístense para ir primero a Misa!”; cabe mencionar que me llevaban arrastrando a la iglesia porque no me gustaba ir a Misa, y además me la pasaba peleando con mi hermano. Cuando me estaba preparando para la Primera Comunión, a los diez años de edad, ocurrió un suceso que marcó mi vida, la muerte de mi papá, en el momento no sentí mucho su ausencia, pues solo era un niño, todo esto lo resentí hasta mi adolescencia.

Cuando ingresé a la secundaria, no encontraba sentido a la vida, al estudio… en pocas palabras, a nada, pero hubo un angelito que me ayudó, mi hermana, a la que agradezco mucho, ella me invitó a formar parte del grupo de catequistas de la parroquia a la que pertenezco cuando solamente contaba con 13 años. Ahí fui encontrando las ganas que me hacían falta para vivir, encontré el rumbo que marcaría mi vida, pues encontré a Cristo. En el grupo conocí a mucha gente, a varios seminaristas que asistían a apostolado sabatino, pero a quien recuerdo con mucho gusto es a una religiosa pasionista, la hermana Epi de Republica Dominicana¸ una persona con espíritu alegre y celo por la pastoral. Un día me pregunto “Oye chico, yo te veo muy entusiasmado con las cosas de Dios ¿No te gustaría ser sacerdote?”, a lo que le conteste rotundamente “No”, pero ella seguía insistiendo como la viuda del evangelio; me hablaba por teléfono, cuando la veía en la parroquia o cuando asistía a retiros en su convento, nunca dejaba de tocar el tema y hasta me decía “Padrecito”. Un día volvió a preguntarme “¿No quieres ser sacerdote pasionista?”, y ya cansado de tocar ese tema le dije No está dentro mis planes, pero…que sea lo que Dios quiera”.

Cuando entré a la preparatoria yo tenía planes de seguir estudiando, quería llegar a ser maestro. Tenía una vida normal como cualquier joven, salía con mis amigos, iba a fiestas, pues me encanta bailar; pero siempre tomando en cuenta que era catequista y seguidor de Cristo, por lo cual trataba de comportarme como tal. Llegó un momento de angustia y de alegría para todo bachiller que está por finalizar sus estudios, las preinscripciones a la Universidad. Era el mes de febrero y yo tenía toda mi papelería lista para sacar una ficha y presentar mi examen ceneval en la Escuela Normal de Durango. El Miércoles de Ceniza del 2009, andaba muy raro, no sabía qué era lo que quería. Ese día salí temprano de clases y fui a la iglesia, la verdad no sé porque me dirigí a ese lugar. Ahí me topé con mi párroco, el Padre Juan Manuel Rodríguez Cajero, a quien le pedí tiempo para platicar y de ahí surgió mi inquietud vocacional, él fue un aliciente para ingresar al Seminario y agradezco su acompañamiento, pues ha sido un pilar en mi formación sacerdotal. A partir de ese momento tome la decisión de ingresar al Seminario Diocesano, platiqué con mi familia y ellos aceptaron y me brindaron su apoyo, dejé de lado la papelería para sacar ficha en la Escuela Normal, y me dediqué a buscar acompañamiento vocacional con el ahora padre Saúl Zamarripa, Promotor Vocacional. En mayo del 2009 tuve mi primera experiencia vocacional en la convivencia, ahí conocí a los que ahora son mis hermanos. Después de la convivencia me invitaron al Pre-seminario en julio, donde fue aún más fuerte la vivencia con mis compañeros, pues aspirábamos entrar al Curso introductorio (C.I.), el último día estaban entregando las cartas para quienes habían aceptado al C.I., en ese momento me quedé paralizado porque a tres compañeros no los aceptaron y después me nombraron a mí, yo pensé que tampoco había sido aceptado, pero cuando me acerque al asesor me dijo “Ya desde ahora vive como lo que eres, un seminarista ¡Felicidades!”.

Ahora me encuentro cursando 2° de Filosofía, este es ya mi tercer año y soy feliz, aquí he encontrado a mis amigos, mejor dicho a mis hermanos, el Seminario me ha ayudado a crecer como persona y como creyente. Ahora me toca a mí alentarlos, y hago una invitación a todos los jóvenes que tengan deseo o inquietud por la vida consagrada, “¡No tengan miedo de decirle “Si” al Señor, el mundo necesita de jóvenes intrépidos y valientes que lleven a Cristo por todos los rincones del mundo!”. Les dejo esta frase del profeta Jeremías que en lo personal, me ha ayudado durante mi proceso vocacional “<<Ay Señor Yavhé, ¡cómo podría hablar yo, que soy solo un muchacho!>>... <<No diga que eres solo un muchacho>>”.

Me despido deseándoles paz y bienestar en Jesucristo nuestro Señor y agradeciendo su oración por nosotros. Dios los bendiga hoy y siempre.

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