La vocación: llamada de Dios que transforma la vida

17 de febrero, 2012. Por: Juan Fernando Arellano Villegas

Juan Fernando Arellano Villegas cursa actualmente 2o. de teología, es originario de Gómez Palacio, Dgo. Foto: JFAV

 

Durango, Méx.- ¡Hola! Quiero compartir con ustedes algo sorprendente que me ha pasado y ha sido para mí la experiencia fundamental que ha cambiado el sentido y dirección de mi vida. Es el hecho misterioso, pero real, de la llamada de Dios.

Mi nombre es Juan Fernando Arellano Villegas, soy de Gómez Palacio, y el primer hijo de una familia integrada por cuatro, mis padres y mi pequeña hermana de cuatro años.

Antes de experimentar la llamada de Dios a ser de él y servirle con todo lo que soy, era un joven completamente introvertido, hogareño, poco sociable, es decir, como dicen algunos, un chico de  papi y mami, pues era hijo único.

Todo ocurrió cuando Fátima, mi vecina, me invitó a un grupo de Iglesia,  yo no quería ir, pues alejarme del hogar no me agradaba mucho, pero impulsado por mi madre, decidí ir a ese grupo llamado de pastoral social. Nunca pensé que ese sería el inicio de la transformación de mi vida, pues fue el comienzo del encuentro con el Dios vivo y verdadero, aquel que sacia completamente el corazón que  te hace humano y divino a la vez y te descubre a lo que estás llamado: a ser plenamente feliz.

Después de esa experiencia, sentí interiormente un deseo de buscar más y más a ese maravilloso Dios que me había dejado inquieto, por lo que viví experiencias en otros grupos parroquiales. Un día, la coordinadora de pastoral social llamada Maru me dijo que si yo no quería ser sacerdote, a lo que le respondí que yo solo quería ser ministro extraordinario de la comunión, pues se había suscitado en mí un gran amor a Jesús Sacramentado, que todavía conservó.

No fue sino hasta que en una misa vi a unos seminaristas y me dije interiormente, yo quiero ser como ellos. En ese momento comencé a investigar sobre el seminario, comente mi sentir a mi querido párroco el padre Torritos, que me apoyó sobre manera y siempre estuvo al pendiente de mi proceso como lo está aun.

Después de ello experimenté las convivencias vocacionales, recuerdo con gran gusto al padre Adán y al padre Juan Antonio Chávez, que nos motivaban y mostraban interés por los que hicimos esas experiencia.

Por fin llegó el momento definitivo, el momento de la prueba, después de haber hecho mi preseminario y de ser aceptado como seminarista le comenté a mis padres la decisión de entrar al seminario, por lo que no recibí una aprobación de ello, en especial de mi padre, recuerdo que en una reunión en la casa de una tía se me insistía que desistiera de ello, pero yo les respondí que quería traer a Cristo en la Eucaristía.

Hoy han pasado ya casi siete años de eso, curso el segundo año de teología, el Señor a los tres años de estar en el seminario nos mandó la bendición de mi hermana que nos ha llenado a todos de alegría, mis padres han aceptado la voluntad de Dios en mi vida, me apoyan, se han acercado más a Él, y me dicen que si yo soy feliz ellos también lo son.

Sigo descubriendo que la llamada de Dios requiere de una respuesta fiel mediante la integridad de toda mi persona, de una verdadera pasión por Dios que te llena de amor y te impulsa a darte sin medida. Cada día experimento esas palabras de seguridad que el Señor Jesús dijo a sus discípulos en el momento de la misión universal: “y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo”. (Mt 28,20)

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