Día de todos los santos

29 de octubre, 2011 :: Por: Missael Sifuentes M.

 

“Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal”, oramos en la liturgia del viernes santo. Como creador de toda la vida, también es el compendio y la plenitud de la santidad, y es el único santo, del que todos los santos de este mundo recibieron su parte de perfección por la gracia.


Al honrar a los santos, la iglesia en verdad alaba la bondad de Dios, que les concedió el torrente de su gracia y, al invocarlos, su clamor no se detiene en intercesor milagroso, sino que llega hasta el mismo Cristo, a quien estos bienaventurados están ligados íntimamente en la unidad de su cuerpo místico. Nosotros también los amamos y veneramos por que la plenitud de la vida de Cristo se manifiesta en ellos, La gloria de Cristo brilla en ellos.

 
Santidad es gracia, pero santidad también incluye cooperación humana valiente, máximo esfuerzo y heroísmo sin par, pues la gracia no anula la naturaleza ni las consecuencias del pecado original. Por eso, el rostro de todo santo ostenta las huellas de la lucha y de sufrimiento. Ningún ángel le retiro las piedras del camino, cada uno cargo con su cruz. No fueron fugitivos del mundo, las tentaciones los acompañaron; pero las vencieron.


Tu gloria resplandece en cada uno de los santos, ya que, al coronar sus méritos, coronas tus propios dones. Con su vida, nos  proporcionas ejemplo; ayuda, con su intercesión, y por la comunión con ellos, nos haces participar de sus bienes, para que, alentados por testigos tan  insignes, luchemos  sin desfallecer en la carrera y alcancemos  con ellos la corona que no se marchita, por Cristo nuestro Señor… (Prefacio de los santos I).


“Los santos no envejecen prácticamente nunca, los santos no prescriben jamás. Continúan siendo los testigos de la juventud de la Iglesia. Nunca se convierten en personajes del pasado, hombres y mujeres del ayer. Al contrario: son siempre los hombres y mujeres del mañana, los hombres del futuro evangélico del hombre y de la Iglesia, los testigos  del mundo futuro” (beato Juan Pablo II, homilía en lisieux , 2 de junio de 1980)

 

 

 

 

 

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